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Webisodio 06 – Britain, Britain, Britain!

Unos pocos antecedentes para aquellos que no hayan visto la cuarta temporada.

<Como no podía ser menos, guiados por el placer de contravenir tradiciones, el Paso de Ecuador del QG-7 (endogamia at its finest) no cruzará el ecuador. El “por defecto” viaje a Punta Cana no resulta de su agrado. Tras considerar un Interraíl por tierras germanas y holandesas, por alguna razón que no lembro (seguramente precio) se acaba recurriendo al ya habitual puente aéreo de ClickAir.>

Fast forward un par de semanas de comprar billetes y organizar horarios y es 2 de julio, 1300 horas. En Alvedro me acompañan los Sres Alberdi, Cribeiro, Del Coso, Font, Gómez y Villoldo – para cuatro de ellos, su primera travesía en un pájaro de hierro.

DAY ONE.

Y partimos raudos con destino Heathrow., dando comienzo a las prisas, que serán habituales durante estos siete días. Esto, que el Sr. Font y yo tomamos como asumido para poder aprovechar bien el tiempo, no es igual de bien recibido por el Sr. Villoldo (especialmente cuando se trata de transbordar metros o levantarse temprano :P).

Llegados a Londres, dejamos las maletas en Victoria Station y vamos a ver el Palacio de Buckingham, las Houses of the Parliament y un pequeño viaje en el London Eye (tras convencer a un algo reticente Sr. Alberdi). Primera cena en un comida rápida: McDonalds.

DAY TWO.

Regresamos a la estación y cogemos el bus nocturno a Edimburgo. Dormimos con más o menos suerte (y pasamos, yo al menos, un poco de frío). Ah sí, nos cruzamos una sede de Sega. ¡Tienen un Sonic en la fachada! Enorme. Y por fin, tras arribar a la estación y cruzar la ciudad con las maletas, entramos al mejor hostal en el que nunca estaremos.

Budget Backpackers (hoy en día Kick Ass Greyfriars) es el sitio más limpio, con las mejores instalaciones, el personal más majo, la mejor situación y las mayores facilidades que te puedas echar a la cara (con enlace y todo, para darles PageRank). Basta decir que tras ver por nuestra cuenta la ciudad ese día (segunda comida en un fast-food: Subway)  y tomar el primer Frappuccino de nata y fresa (en la esquina aparecería ahora el contador de Fry y los cafés), ¡por la noche nos llevaron de gira por los pubs! Vimos tanto típicos lugares de cerveceo como discotequeo duro de bailotear y frotarse. Mención especial al peor DJ de la historia, especialista en joder todos los subidones.

La lounge del hostal, con sus sofás, fue sitio habitual de timbas de póker y discusiones de Munchkin. Ahí conocimos a nuestros colegas James el canadiense tímido y Sasha el alemán con nombre de minipistola (y 20 amigas de buen ver).

DAY THREE.

Pero sigamos hablando del viaje. Al día siguiente, un majo currante pijoflauta del hostal llamado ¿Ethan? ¿Ian? ¿Papadopoulos? nos llevó en una gira de dos horas a pata por los lugares más destacados de la ciudad, y quedó perplejo cuando le hicimos notar la falta de fuentes de agua en los parques. Después aguardamos pacientes la turistada del cañonazo de la una, y tras descartar el apoquine de las 18 libras de entrar al castillo, fuimos a repetir yantar a un Subway. Me decanté de nuevo por pollo con queso, lechuga y cebolla lila, sazonado con mayonesa. Yum.

El parque central de Edimburgo en el que lo degustamos fue el primer lugar en el que el traicionero sol de media tarde quemó nuestras nucas y rostros. Protip: incluso en el norte puede arderte la epidermis – no te confíes. Tras vagar buscando un Parque Botánico que no existía (y que luego descubriríamos que estaba en el sexto cojón), regresamos al hostal. Ah sí, el Frapuccino de los Costa no le llega a la suela al de los de Starbucks.

DAY FOUR.

Primer error: ir a Glasgow. Una ciudad que lista como atracción turística la Antigua Fábrica de Alfombras debería despertar sospechas. Fuimos a un parque, nos volvimos a quemar, buscamos una tetería que cobraba ojo y medio de la cara, pasamos, comimos otro bocata en cadena aleatoria de comida rápida, Frapuccino y tren de vuelta, al hostal a echar un póker.

DAY FIVE.

Day five = Steven. Este hombre tuvo que ser la inspiración para la peli de Highlander. Escocés de los duros, animó nuestra tour al Lago Ness con grandes discursos sobre los impuestos del tabaco, historias de sangrientos enfrentamientos entre clanes instigados por malvados reyes despóticos (“the king was not to blame – KINGS NEVER ARE!“), y un párrafo aleatorio que no vino a cuento pero debió acojonar a todo inglés del bus:

In England, she may be Elizabeth II, Queen of England, but here, she is just Elizabeth, Queen of the Scots. Cause she may be queen of us, but she is not of the land – the land belongs to the people!

El aplauso consecuente seguro que fue iniciado por algún londinense que se acababa de mear encima, por si las moscas.

Aparte de semejante awesome conductor de bus, con el que por desgracia no nos dimos hecho una foto, el viaje estuvo bien. Vale, dormí el 80% del tiempo, pero vimos montes y prados, y el Lago (que es otro lago normal). Aunque era un día nublado/soleado/lluvioso, ¿eh?, y era un día perfecto para ver al monstruo, ¿eh?, que igual tenemos suerte, ¿eh?, lo más cercano a un bicho verde que vi fue el peluche que compré en la tienda de regalos. También descubrimos que el Monster se vende sólo en el Gadis de Coruña y en una tienda de carretera en medio de la nada. A saber.

DAY SIX.

Go go go. Levantados a las 3AM y rumbo al aeropuerto, aumento el contador tomando otro pseudoFrappuccino (ka-ching!) de piña y naranja y nosequé, muy rico y fresquito, mientras aguardamos. El piloto de prácticas de EasyJet vacila un poco al aterrizar, pero todo sin problemas. Excepto que olvido mi cojincito de cuello en el avión.

No hay tiempo de arrepentirse. Un avispado vendedor de tickets de tren nos vende los que ya tenemos, pero somos avizados y reclamamos el dinero. Y ponemos rumbo, maletas en mano, a Bletchley Park.

Este complejo de comunicaciones de la Segunda Guerra Mundial, situado donde Cristo encriptó la sandalia, tiene un guía más inglés que la madre que parió a Churchill, y que formaría una cojonuda pareja con Steven en algún tipo de buddy film de policías tipo Arma Letal. Tras ver ordenadores tamaño armario y sufrir el diluvio universal, emprendemos camino a Londres – I fucking love that city.

Aish, el hostal de Londres. ¿Dije hostal? Debí decir agujero infernal. Situado en el ghetto, regentado por un nigga al que debieron dar dos libras por estar en recepción toda la noche y que no se coscaba de nada, tenía habitaciones tamaño kiosko y un armario de las escobas reconvertido a báter. Tras tumbarnos un rato en la cama, nos empezó a picar a todos el cuerpo – aunque luego se demostró que fue hipocondría tras un comentario mío.

Al menos el antro este, el que ataba las literas de arriba con cinta aislante, tenía un pub en el bajo en el que repetían sin cesar una peli de artes marciales llamaba Hidden Tiger. Iba de un gangsta con maestro japo que ostiaba a la gente.

Dejamos las cosas y dimos una vuelta por London Bridge, la Torre de Londres y el Puente de la Torre, para regresar a tiempo de cenar unas pizzas en el pub.

DAY SEVEN.

¡Rumbo Salisbury! La tarjeta casi nos jaquea, pero una sardónica chica del mostrador nos solucionó la papeleta, no sin antes aclarar que comprando ida y vuelta nos hubiera salido más barato, ya que las horas de viaje no están fijas – “you just made our company richer“.

De allí, un tren chu-chú a Stonehenge, donde tras mirar piedras viejas durante una hora vapuleamos la tienda de recuerdos salvajemente. Y vuelta (¿se nota que me empieza a dar pereza contarlo todo?).

Ya en London, recorremos Piccadilly, Trafalgar Square… espera, hay algo que hace tiempo que no hacemos. Ah, sí, Frappucino. ¡Zasca! Y seguimos hasta Covent Garden, donde disfrutamos del espectáculo de un tipo que creo que no dijo su nombre pero era mazo majo. Bajamos hasta Embankment, seguimos hasta el Millenium Bridge (obligada foto a la sede de la Cienciología), cruzamos hasta la Tate y regresamos cortando por Southwark Bridge. Pizza y a cama.

DAY EIGHT.

2AM. ¡En serio! Ducha (algunos, los otros son unos guarros) y bajar a recepción a confirmar el bus al aeropuerto. El colega pasa de todo (debía estar echando un buscaminas)  y es su colega el-que-no-curra-allí-pero-sabe-más-que-él el que le tiene que explicar como funciona la movida: “you know man, that old skool bus“, mientras gira los brazos tipo volante de bus muy grande o timón de transatlántico.

Stansted es una aeropuerto construído para RyanAir. No sé si es cierto, de hecho me lo acabo de inventar, pero oye, tiene todo el sentido del mundo. Allí no ves otra cosa.

La llegada a Lavacolla es melancólica – el viaje llega a su fin. Los padres de Font nos acercan a la estación de tren, donde hemos de esperar una hora tomando unas croquetillas mientras él se va plácidamente en coche.

Me he dejado cosas en el tintero (nuestro querido amigo el monje Hare Krishna, que solamente pedía “some chaaaaange” mientras agitaba su bolsa, los formularios vogones B-53, etc), pero no quiero aburrir más.

Viajar con colegas mola.