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La Historia Interminable, de Michael Ende

Bastián es un niño de unos diez años, gordo, fofo, nada popular, pero con mucha imaginación y al que le encanta leer y fantasear. Un día, entra fortuitamente en una librería en la que encuentra un libro de tapas color cobre, con dos serpientes entrelazadas en la portada, una negra y una blanca. ¿Su título? La Historia Interminable.

Qué decir… Probablemente sea mi libro favorito. Guardo muy buenos recuerdos de él, de leerlo de pequeño, y quizá cada vez que lo vuelvo a leer, lo que me guste de él no sea en sí el libro, sino lo que me evoca. Recientemente lo vi en mi habitación y no pude evitar volver a devorarlo. Ya perdí la cuenta de cuántas veces van.

En particular le tengo cariño a esta edición porque, como se ve, es ya antigua (es diez meses más vieja que yo, de Febrero del 86). Y, bueno, supongo que todas las ediciones son así, pero me encanta la impresión a dos tintas, la primera letra de cada capítulo dibujada con motivos de la historia… y, por supuesto, las tapas interiores color cobre.

Extrañamente, la gente tiende a asociar lo fantástico e imaginativo con la infantilidad, pero este libro y sus enseñanzas no lo son en absoluto. Además no lo hace de forma fabulesca, sino que realmente los personajes son verídicos (a veces pienso caray, yo quizá hubiera actuado así) y con esa tendencia realista (dentro de lo absolutamente fantástico que es el libro) Ende nos muestra lo auténticamente importante en la vida.

Por cierto, aún habiéndolo leído treinta mil veces, casi se me vuelve a soltar la lagrimilla al final…