Skip to content

Irmandiños: A Revolta, dí­a 2 [parte 2]

Nos despertamos del letargo siestil (por llamar de alguna forma al apalanque que teníamos) con la noticia: habí­a monjes irmandiños infiltrados en el campamento. A quién luego fue denominado Exaltado por razones que he olvidado, le habí­an rajado la garganta a la salida de los baños. Rápidamente nos equipamos y acudimos junto al resto del ejército a planear ofensivas. He de notar que la sobremesa fue el momentazo tunning total: usamos cinta aislante POWERTAPE (guiño para Viri si me lee) y un rotulador para decorar espadas y escudos. En mi comando pintamos Pes y Pinos (¡P-Pino! ¿lo pilláis? ¡jojo!) y el número de Pepino que éramos. Además bauticé mi espada como Master Sword / Espada Vorpalina +5 en un arranque de frikismo.

Pimentel Gritodeguerra, Ricitos Zúñiga y Sosón Fonseca andaban por allí­, simulando jugar al Age of Empires o algo, porque moví­an mucho las manos sobre el valle y hablaban de tropas y destacamentos. Al final debieron tener la idea feliz – o rayarse – porque decidieron que, qué demonios, los otros iban a venir hasta aquí­, ¿no?, así que nos disponemos en los cuatro puntos de siempre y a defender que son dos días. Creo que fue antes de partir cuando nos informaron de que el Rey Zúñigo no habí­a vuelto de la atalaya y se le habí­a dado por capturado; suponemos que con fines de alentar, pero realmente opinábamos de él que era un borracho y un Zúñigo, así­ que nos daba un poco igual.

Guiados por Pimi, nos fuimos los cuatro comandos a defender la armerí­a, un caseto cercano a la encrucijada de por la mañana, cerca de otro cruce donde estaban los fonsecos. Pepinos, Violentos/Adistancios y Bárbaros taponarí­an la entrada, mientras que el comando restante se apostarí­a a la vera. Plan perefecto… de no ser porque dicho comando tení­a de estatura media el metro noventa y contaba con Hulk en sus filas. Al final vinieron los tipos por detrás (a tomar por saco la estrategia), y en un anticlí­max increí­ble se acordó batirnos en el campito cercano.

He de reconocer que la cosa quedó bastante mejor, y en el ví­deo recopilatorio de la TVG queda bastante imponente. Figuraos, más de cien tipos por bando, tensión en el aire, y cargando todos a la vez entre gritos y alaridos. Pabernos matao. Algún monje fan de Bruce Lee saltó con la pierna por delante, descaritó a alguno y se partió la crisma al ir a frenar chocando contra Hulk. Listo, carallo. Otra irmandiño flowerpower salió por patas, tropezó con su pie y se comió el suelo. Pimi hizo una estocada, resbaló y se dislocó el hombro. Aquello parecí­a un crossover de Los Visitantes y los Payasos de la Tele.

La organización gritó ¡Juego Revuelto! y se quiso llevar el Scattergories alegando que la gente era muy bruta, cancelando en el acto el resto de actividades de la jornada. Fijo que era porque los malfeitores ganábamos por paliza. No se me olvidará la cara de acojone que tení­an los dos compañeros míos de la FIC que acabaron delante mía en el frente, mientras recuaban nerviosos ante nuestro avance.

Algunos irmandiños de Coruña me dijeron que visto el panorama iban a hacer las maletas y abandonar el juego, y que de hecho ya se lo planteaban antes de todo esto, porque veí­an mucha ira en la gente. Probad a oí­r esto de un monje vestido de jedi sin reí­ros y resistiendo el impulso de contestarle Y la ira al lado oscuro lleva, sí­. A mí­ me costó.

De todas formas la organización concluyó que se lo iban a pensar y nos volvimos al castillo. Pim se largó en una ambulancia a que le escayolaran y delegó en Conan para el combate. Al llegar el crepúsculo, nos llamaron con gran pompa a la ermita. Allí­, el obispo violaniños nos anunció que el Rey Zúñiga había muerto (¡no! ¡incrí­bel!), y no por ingesta excesiva de licorca, sino ahorcado por los irmandiños (¡wa! ¡qué me dices!), y que procedí­a a nombrar nuevo rey al hijo y a casarlo con su madre consorte (espera, eso sí­ que no lo veí­a venir… urgh). Lo más divertido era una espontánea fonseca a la que llamaban Roy Wallace, porque se dedicaba a proferir gritos de ¡Mortee!, ¡Cheirentoos! y otras variantes cada vez que alguien nombraba a los irmandiños.

Llegó la cena, y con Pe ya recuperado y entablillado, le exigimos nuestra paga. Ya empezamos el juego con deudas y habí­amos pasado otros dos días sin cobrar. Y accedió y nos dio un poquito. Pero queríamos más. El plus de peligrosidad, pagas extras, descuentos, seguro dental, ¡quiero mi bocadillo! (de jamón inexistente) y esas cosas.

Así­ que con una sutileza inusitada, pasamos la voz de que nos í­bamos al albergue a jugar a las cartas. Comillas gestuales incluí­das. Los de Zúñiga tení­an la neurona de paseo, pero los de Fonseca ya se debieron pispar de algo, porque que 50 personas desaparezcan para ir a echar un póker… ni en el Casino Royale.

La idea de la traición ya estaba asentada. Aunque solo fuese por lo seductor que era el juego del engaño. Pero en ese momento apareció Pimi Magnetismopersonal y casi nos dolió en el alma. Nos vino con una caja llena de maravedí­es. Última oferta. El que pasó a ser denominado Contable se ofreció a contarlas, ganándose algún abucheo y algún grito de “matao!”. El resumen era que habí­a muucho más de lo que se nos debí­a. Pimentovsky nos intentó convencer para quedarnos (era lo propio), pero se fue un rato para dejarnos debatir. Lo sentimos. Somos unos mercenarios traidores chupacuartos.

Estuvimos tres horas debatiendo opciones. Los objetivos básicos eran tres: dinero, muerte de los Zúñiga, y victoria única para nosotros. Todo plan debí­a constar de esos puntos. Se trazaron mil estratagemas, constando cada una de quince puñaladas traperas y diez cambios de bando distintos. Finalmente optamos por fingir fidelidad a los malfeitores (cobrando un sustancioso adelanto), pero habiendo pactado con los irmandiños, que nos habrí­an dado otro adelanto, ganamos junto a ellos, pidiendo ocuparnos personalmente de los Zúñiga, después acabar nosotros con los irmandiños y llevarnos todo el tesoro. Molaaa. Enviamos a Montaraz y otros dos al campamento irmandiño a concretar detalles.

Ah, se me olvidaba. Durante la cena, la organización dijo que a partir de ahora los combates serí­an de duelos 1vs1, en vez de masivos. Eso complicaba las cosas, al no ser en tiempo real y pasar a ser “por turnos” a lo Pokémon, no valí­a la de ¡cargaaad! y que cargásemos para a la mitad dar la vuelta y cargar junto al enemigo (todo un puntazo).

Contentos y confiados, estuvimos de juerga un buen rato. Alguno bajó a Verí­n de fiesta, pero el resto charlamos y jugamos al póker usando el tesoro como monedas hasta las cuatro de la mañana. Justo cuando nos acostamos, llegó de vuelta el destacamento con dos noticias. La primera, los irmandiños habí­an picado el anzuelo. ¡Bien! La segunda, los de Fonseca habí­an estado espiando y sabí­an de nuestra traición.

Oops.