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Irmandiños: A Revolta, dí­a 1

Vayamos al grano. El viernes a las 10 cogimos el bus, allí­ fuimos conociendo a la gente (sobre todo irmandiños) y a las tres horas llegamos a Verí­n, al castillo de Monterrei. Sin piolet ni nada, así­ a saco, trepamos las cuestas de la fortaleza con bolsas y todo. Ni los de Al filo de lo imposible macho.

Allí­ nos proveyeron con el tabardo, el escudo, un bocata (dice la leyenda urbana que aparte de salchichón y chorizo había jamón), un cuenco y un plato. Tras comer y apiñar las bolsas por allá, empezamos a hacer el cabestro con los otros ejércitos.

Las tropas nobles se dividí­an en tres: los odiosos Zúñiga (volveré a esto), los sosos de Fonseca, y los alegres mercenarios de Sherwood, digo, de Pimentel. Gallifante al que adivine en qué grupo iba yo. Así que, étnicamente segregados por el color del jubón, simulamos cargas y combates mientras esperábamos a la hora de formar.

A la hora D, fuimos al patio de armas, donde el jefazo de Monterrei/Zúñiga nos arengó apelando a un montón de cosas a las que nadie dió importancia, y también al cordero y al licor café, lo cual llegó a lo más hondo de las tropas. El arzobispo de Fonseca nos bendijo y llamó a la Guerra Santa, y luego Xoán Pimentel, bárbaro nivel 12 / bersérker frenético nivel 3, pegó unos cuantos berridos para dejar bien claro quién era el que llevaba el poder de las armas. Nótese que ya en el manual del jugador los mercenarios estábamos representados por lo que debía ser un boceto preliminar de los Uruk-Hai robado a Peter Jackson.

Pues bien, nuestros jefes dicen que nos van a enseñar a pelear, piltrafillas, y nos guí­an al campo de entrenamiento. Antes de salir, Pimentel decide meterse aún más en el papel y me dedica una bronca mayúscula (cual muerte de Pratchett) ante lo que no me queda más remedio que guarecerme tras el escudo. Juro que en el reglamento mercenario no poní­a nada de “no se habla cuando se está en formación”. (Debí seguirle bien el rollo que el pobre tío se me disculpó, pensó que de verdad me había acojonado).

De todas formas llegamos al campo de entrenamiento. Ahí­, por cada prueba nos daban garbanzos (se habí­an quedado sin gamusinos), y al final los que más garbanzos tenían serían comandantes. Fue cuando nos dirigí­amos a las peleas con palo (subidos al potro) cuando la primera chispa zuñiguense prendió. Los azuligualda se nos habí­an adelantado, lo cual llevó a un encaramiento de los jefes. Finalmente, como ellos eran los anfitriones en el castillo, hubimos de ceder, y competimos en carreras de tres entre nosotros.

Después, í­bamos a tiro con arco y… premio, los Zúñiga de nuevo allí­. Esto ya era predestinación, coño. Así­ que lo dirimimos en un duelo de nuestro paladí­n contra el suyo. Por votación popular, enviamos al que habí­a saqueado la tienda de complementos de la esquina, alias (de aquí­ en un futuro) Conan. Su contrincante, un tal Olaf al que le quedó el mote de Bisbal por razones obvias, se dedicó a soltar salvajes viajes de la espada, pero no tuvo nada que hacer ante la aquilina destreza de la futura leyenda. Primera victoria, y no última, contra los Boñiga.

Tras el tiro con arco, nos batimos entre nosotros en duelo, incluso a veces dos contra dos, y luego por fin acabamos en el potro con los palos. Luego volvimos al castillo, sólo para que el Monterrei y el Fonseca se picasen como niños pequeños y se apostasen el castillo en una justa. En concreto, los hermanos de Pimentel, jinetes de Benavente, representando a Fonseca, contra unos Zúñigos salidos a saber donde. Así­ que vuelta a abajo a ver las carreritas de caballos.

En realidad no fue tan inmediato, antes de empezar estuvimos como una hora mirando como los caballos daban vueltas y gritando consignas patrióticas respecto a nuestros jefes de ejército, así­ como vitoreando a las mozuelas que habí­a por allí­ y apostando un maravedí­ cada uno contra los Zúñiga a que perdí­an. Donde digo un maravedí­ leed una arandela, que pal caso lo mismo es.

Curiosamente, un Fonseco de los que se batí­an en la justa (actor) no dejaba de hacernos gestos provocantes y gritarnos “Muerteee” a pesar de que le gritábamos que í­bamos con él. Al final pasábamos y le decíamos “si­ home si­, o que ti digas”. Huelga decir que los Zúñigos volvieron a perder. Pobres chavales, si es que las llevaron todas.

De vuelta al castillo con nuestro flamante dinero y un 2-0 contra los Boñiga, nos tiramos en las tiendas, donde miramos de cada una quién tenía más garbanzos y elegimos comandante, así­ como nombre de comando. En mi caso me vi encuadrado en el comando Pepino, a las órdenes de Ana (Ruth), la Pepina Superiora. Yo era el Pepino VIII, y a la imagen de Pepino X El Sabio adopté luego el subtítulo de El Turco, dada la masiva presencia de santiagueses en mi comando. Hermanados con los Violentos de Corso (también conocidos como Subcomando a Distancia), con los que compartí­amos carpa, ambos formábamos los Pepinos A Distancia, caracterizados por una vagancia ultraterrena y un arrojo sin parangón. Otros grupos eran los Bárbaros de Conan (que por garbanzos no era comandante, pero la voluntad popular hace maravillas) y los Elegidos de Archeron.

Alguna horilla después, a pesar del clamor de nuestras tripas, aún no habí­amos cenado. Era porque “súbitamente” (oh, no se veí­a venir) aparecieron los irmandiños a las puertas del castillo, muy a lo Mace Windu en el Episodio III. Les faltó lo de “Canciller, en el nombre de la República, queda usted detenido por traición”. Aquí­ básicamente gritaron improperios de todo tipo a los nobles y exigieron la rendición del castillo (síii, claaaro). Tras la pantomima, por fin pudimos llenar nuestro plato de churrasco Coren y nuestro cuenco con vino de Monterrei, aunque algunos lo llenaron más que otro (y eso que tampoco sobraba alcohol, comparando con la bacanal que nos contaron del campamento Irmandiño).

Tras llenar el buche y bailar un rato, procedimos a mover los colchones y enseres al albergue, pues se preveí­an lluvias y las carpas no eran impermeables. Fonsecos y Zúñigos se trasladaron al castillo, por su parte.

Fin de la primera jornada.