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Los vecinos

Relatos  · 

Cargada con la cesta de la colada y la canastilla de las pinzas, no fue hasta llegar a la azotea, a un tramo de escalera ascendente, cuando Paula reparó en el rastro de pisadas de perro que bajaba, subía y bajaba en desorden hasta el portal. Y las limpiadoras acaban de darle el repasito semanal a las zonas comunes. 

Paula era la única propietaria que residía en el edificio hasta varias semanas atrás. El resto de propietarios llegaba en oleadas estivales o se dejaba caer discretamente algún fin de semana, pero la mayor parte del año estaba sola y vivía encantada con tanta calma. A pesar del alboroto de la mudanza, terminó por convencerse de que le sentaría bien tener nuevos vecinos, un cierto contacto social, y además la cría de ambos era un primor. Lo peor de todo es que me cae bien la cría, le había dicho a un compañero de trabajo, se queda embobada mirando a las golondrinas, igual que yo, y luego repite sin parar que quiere volar. Es maja, la jodía. Eran una pareja joven, no acertaba a adivinar si casados y poco le importaba, con dos perros que bien podrían ser osos y ladraban como tosen los viejos, con resignación y por costumbre, y una tensión de fondo que resultaba en repentinos golpes de puertas, alguna palabra más alta que la otra y la inconfundible percusión del cabecero contra la pared, una sinfonía demasiado calibrada y más corta que larga. No sabía a qué se dedicaba ella; él pasaba todo el día en casa. Escuchaba el cof cof de una cafetera italiana al otro lado de la puerta por las mañanas cuando enfilaba hacia el instituto y al volver él seguía allí, imaginaba, resolviendo el mundo mientras hablaba con la pantalla del televisor. Podría ser solo su impresión y podría estar equivocada, pero bien visto, también podría estar Hume en sus cabales dudando que el sol faltara a su cita matinal. 

Ya en la azotea, terminó de agriársele el humor al comprobar que el tendal de los vecinos del bajo ocupaba buena parte de sus cordeles. Con los labios apretados, descolgó las sábanas a medio secar y las colocó sobre el pasamanos de la escalera intentando que los bajos no rasaran el barrizal, que sus perros habían causado y que ni tan siquiera se habían molestado en limpiar. Lo rumió un par de veces antes de encaminarse escaleras abajo. Desde que habían llegado, tenía la sensación de que lo estaban invadiendo todo. Primero se apropiaron del portal: almacenaban allí el carrito de paseo de la cría y los bártulos de la playa como si fuera un trastero; luego, de los pasillos: dejaban que sus perros durmieran allí algunas noches, y también de las puertas y paredes: habían colocado un anaquel improvisado sobre la puerta del vecino, que afortunadamente no pasaba a menudo por allí, donde dejaban secar la ropa interior mojada cuando no podían tender en el exterior. El caso del tendal había sido lo último y le pareció que aquello pasaba de castaño oscuro. 


Decididamente debía tomar alguna acción y, aunque Paula se consideraba a sí misma una persona que encaraba las cosas de frente, no quería perder la poca compañía de la que al final disfrutaba. También era una persona que solía pensar lo mejor de los demás y optó por no empezar de buenas a primeras desenterrando el hacha de guerra.

Volvió a su piso, abrió el portátil gris, se sirvió un té de frambuesa y comenzó a redactar. El cartel final, anónimo y escueto, invitaba cordialmente a los vecinos a colaborar entre todos a mantener las zonas comunes como nos gustaría encontrarlas. Era un mensaje alegre, espontáneo, casi parecía más surgido de una idea feliz que de una situación insostenible. Dispuso tres copias: una en el portal, al lado del lugar ya perennemente ocupado por el carrito del niño; otra en el ascensor, junto a los botones; el último coronando las escaleras de la azotea, justo antes del tendal.

La desilusión se fue fraguando fragrando lentamente, a la par que el barro ocupaba cada vez más parte de las escaleras y el tendal iba desapareciendo bajo las montañas de ropa. ¿Pero cuánta gente y cuántos perros viven ahí? Para el siguiente domingo, al cabo de una semana, Paula ya no podía negar que su cartel había caído en saco roto: uno de ellos, el del portal, hacía días que ni se veía detrás de los bártulos colocados contra la pared.

Se imaginó llamando al timbre y deshaciéndose en improperios contra aquella familia de incívicos, un fuego cruzado de morteros y acusaciones de denuncia. Solo la imagen de una niña de ojos enormes, agarrada con una mano a su peluche y con la otra a la pierna de su padre, aterrorizada sin comprender nada, frenó sus instintos. Descartó la opción de ponerse como un basilisco y volvió a su portátil, su té de frambuesa, y un nuevo cartel.

«Habitantes de Calle de los Olmos, número 7: hemos recibido numerosas quejas respecto al estado de las zonas comunes. Si la situación no prospera podría derivar en la instalación de cámaras de control y multas a los responsables. Fdo: Presidencia de la Comunidad». No le gustaba abusar del título, pero hey, era parte de su responsabilidad, ¿no? Fijó cinta de color rojo por el borde del papel para que resaltase más y colocó una copia delante de la puerta de los vecinos, al lado de la escalera. Era imposible no verlo. Luego, para disimular, colocó copias en el resto de pisos también.

Tres días después, el miércoles, según rebuscaba en su mochila las llaves del portal, Paula creyó haberse equivocado de calle. Al otro lado de la puerta, un enorme oso de peluche, dos bicicletas, una tabla de planchar y tres pilas de cajas de cartón la recibían. Fue solo al abrir la puerta, muy despacio para no chocar con nada, que vislumbró detrás de aquel bazar las escaleras de color beis. Sorteó los bártulos como pudo, con pequeños saltitos como jugando a la rayuela, y casi se rompe la crisma al aterrizar, punta primero, sobre un cochecito situado en el primer peldaño. Era la cola de una larga ristra de juguetes dispersos por la escalera hasta allá donde le alcanzaba la vista. Desde abajo, le parecía incluso ver los brazos de un muñeco asomándose en el piso de la azotea.

Una vez logró abrirse paso en esa jungla hasta llegar a casa, Paula bramó. Bramó internamente, pero bramó. Bien hubiese podido bramar externamente, de todas formas. Nada podría haberse oído por encima del volumen de aquel reality que salía de la televisión de los vecinos. Durante el resto de la tarde se fueron uniendo a la sinfonía gritos, portazos, el repiqueteo del cabecero y algo que parecían ser vidrios rompiéndose. 

De madrugada, Paula, tumbada en la cama con los ojos como platos y la cabeza como un bombo, no pudo más. En ese momento la banda sonora la conformaban unos ladridos tan coordinados que parecían venir de un solo can cerbero (creo que sería o ‘cancerbero’ o ‘Can Cerbero’) de varias bocas. Paula imaginó a su vecino pinchándola con un tridente gigante, riendo y mesándose el bigote entre llamas y se decidió, finalmente, por ir a enfrentarse con él.

Bajó un pie de la cama para salir y pisó algo duro. Un muñequito. Había otro par junto al dintel. Salió a lo que antes era su salón, ahora cubierto hasta el techo de trastos ajenos. Se adentró en un paisaje de varias capas de sábanas y tanteó con la mano izquierda hasta encontrar el pomo de la puerta. Ya en el rellano, una maraña de tubos y cables la obligó a arrastrarse, manchándose el pijama de barro, tumbándose cada vez más hasta no poder siquiera avanzar. Quiso retroceder, pero ya no era tampoco un aopción. Sin poder moverse, cerró los ojos y se quedó allí, quieta para siempre, oyendo en la lejanía el canto de una golondrina.


Completado a partir de una idea inicial de José Rubio (la sección en itálicas antes del primer separador).