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La Rosa de Hierro

El dragón exhaló y cayó al suelo, derrotado.

La princesa se irguió tambaleante, apoyándose en su espada quebrada. El jubón goteaba con una mezcla de sudor y sangres, la suya y la de la bestia que yacía frente a ella. El caballero extrajo la lanza del costado verde y la dejó caer, derrumbándose él poco después. No le quedaban energías.

Ella, en pie pero precariamente, y él, tumbado pero sonriente, cruzaron las miradas. Sólo quedaba un paso y cinco minutos para ejecutarlo. Le correspondía a ella. Recogiendo de nuevo la lanza, rajó el estómago del dragón y rebuscó en su interior. Sus dedos palparon, notando el calor latente y los órganos que aún se estremecían. Sólo esperaba que no le estuviese doliendo mucho. No era su culpa.

Exasperada, retiró la mano, se quitó el guante, y volvió a hurgar. Entonces, sus dedos notaron el frío del metal y la textura repujada de la rosa. Tiró con fuerza para extraerla, rasgando la piel, que ya comenzaba a cerrarse de nuevo. La examinó para comprobar que seguía intacta y se la enseñó triunfante al caballero, quien comenzaba a levantarse de nuevo.

—¡La tenemos! —proclamó satisfecha.

—Menos mal. Tu padre nos mataba. Es el símbolo del estado.

—Tenemos que guardarla mejor, estoy de acuerdo —concedió la princesa mientras limpiaba la rosa con su manga.

—Al menos me concederás por fin —añadió el caballero— que puestos a tener un dragón guardián, los mestizos troll tiene sus ventajas. A pesar de que coman todo lo que ven.

Ella se rió. A sus espaldas, el dragoncito emitió un pequeño gruñidito, viró sobre su tripa ya cerrada y se puso a dormir.