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El Gran Laberinto

Relatos  · 

Era fácil identificar los turistas según se acercaban desde el bazar. No tanto por su apariencia, en realidad, sino por su mirada. Una mirada escudriñadora, que revisaba cada detalle y que los locales, aborrecidos de verlos cada día, hacía tiempo que habían perdido.

Mou sonrió cuando se acercaron en su dirección, pero no se sorprendió. Era el guía más popular del Gran Laberinto y lo sabía. Sabía, también, que era solo por ser minotauro. Los prejuicios pesaban. Un guía enano podría saber mucho de la mampostería, pero un minotauro… los minotauros son todos expertos en laberintos, eso era bien sabido. No te puedes equivocar eligiendo un guía minotauro. Al final, Mou era el único guía que no tenía que pelearse por los clientes, sino que los clientes se peleaban por él. Y él, encantado. Más dinares que se sacaba.

Tampoco es que fuese este un laberinto angustioso, de esos subterráneos, húmedos, oscuros, usados en otros tiempos como mazmorras. En realidad era apenas un frondoso revoltijo de caminos; bordeados con un seto muy alto, eso sí, y extendiéndose un buen par de kilómetros. El califa Abdel lo había construído hacía un par de siglos para darle un poco de chispa a su colección exterior de esculturas, fuentes y árboles exóticos. Por supuesto, Mou y el resto de cicerones solían describir con severidad el laberinto, porque su razón de ser dependía de lo imponente que sonase, y así era que pocos turistas se atrevían a adentrarse sin guía. 

En realidad, era una suerte que el laberinto fuese lioso pero no mortal, porque Mou era bastante mediocre en su trabajo. Solía perderse habitualmente, equivocándose de caminos y andando en bucle varias veces por delante de la misma escultura. Aquella mañana no fue diferente. Mientras los turistas, una acaramelada pareja de elfos, estaban ocupados haciéndose carantoñas, Mou reparó en que era la tercera vez que pasaban por delante del mismo busto blanco. Intentó centrarse, sin mucho éxito. Estaba seguro de que antes había tomado el desvío de la izquierda, pero a la derecha no podía ser, porque ese camino llevaba a la Fuente de las Golondrinas, y hacia atrás tampoco era, porque de ahí venían… Mou no tenía claro si se le daba mal este trabajo porque lo odiaba, u odiaba este trabajo por lo mal que se le daba.

Giraron a su derecha y, efectivamente, fueron a dar a las golondrinas de mármol. Mou masculló por lo bajini y se humedeció la cara en la fuente. Miró al norte. Estaba seguro—de esto sí—de que al otro lado de aquel seto, en paralelo, discurría el corredor que les llevaba de vuelta a la entrada. Lo tenía cerquísima, a menos de un metro. Pero no tenía absolutamente ni idea de cómo llegar hasta él.

Por el rabillo, veía como los elfos seguían dándose besos mientras se salpicaban apoyados en el borde de la fuente. A esas horas no había nadie más en aquel claro. ¿Y si…? Se mordió el labio. Aproximándose al seto, le dio un golpe seco y amortiguado y arrancó un trozo, creando una pequeña abertura. Carraspeó. «Vengan por aquí, por favor.», llamó. Cruzando el paso improvisado, avanzaron por aquel sendero y regresaron hasta el arco de piedra y cristal que comunicaba con el bazar.

Se había arriesgado a una multa, pero apenas tuvo tiempo de procesar ese pensamiento. En cuanto se despidió de la pareja de elfos, una cola de gente formaba delante suya agitando folletos y reclamando sus servicios. Cogió al grupo que estaba más próximo, unas chicas lagarto de apariencia joven, y volvió a adentrarse en el Gran Laberinto. Eran todo lo contrario a los tortolitos: prestaban una excesiva atención a la visita. Querían saberlo todo. Mou tuvo que compaginar el orientarse con devolver aquella volea de preguntas inquisidoras. Cuántos años gobernó el califa Abdel. Por qué la muralla externa tiene forma octogonal. Si es verdad que la Fuente de las Golondrinas estaba dedicada a su abuela materna. No tuvo más remedio que empezar a inventarse las respuestas, pero sabía que pronto acabaría por meter la pata con alguna incongruencia.

Al llegar al aviario, las chicas se agolparon ante las vallas intentando avistar alguna de las elusivas cotorras púrpuras que solían revolotear por allí. Mou no desaprovechó la ocasión. Se lanzó en placaje contra uno de los abedules que bordeaban la zona, tumbándolo. Luego lo apartó de una patada y llamó por ellas. «Estamos terminando la visita. Si me siguen por aquí, les llevaré de nuevo a la entrada. No se desvíen, por favor».

Una enorme satisfacción le llenó por dentro. Sintió que lo que no tenía en orientación, o cultura, o lo que fuese, lo estaba compensando con su astucia. Ufano, usó esa misma técnica para acortar la visita del siguiente turista: una vieja tortuga que quería rememorar sus años mozos y pretendía hacer el circuito interior completo. Ni de broma. Recortó por una de las esquinas y le mintió diciendo que la ciudad había limitado el tamaño por problemas de seguridad. Listo. Siguiente. Una familia cuyos hijos no paraban de gritar y por cuya culpa—no la mía, pensó Mou—era imposible concentrarse en el recorrido. Dos hombres de negocios discutiendo un acuerdo, que ni siquiera estaban haciendo caso a sus explicaciones. Uno tras otro, Mou fue creando pequeños atajos y cortocircuitos en vallas, árboles y setos. En una de las ocasiones fue pillado in fraganti por otro compañero guía, un humano, y por un instante ambos quedaron quietos, observándose. Pero luego, el humano le sonrió con aprobación y le guiñó el ojo. Durante el siguiente circuito, Mou le vio arrancar de raíz un arbusto para guiar a través de él, ignorantes a lo sucedido, a otro grupo de elfos.

Destrozar los bordes ya no era una solución de último recurso para Mou, sino el devenir habitual de sus recorridos. No hacía el más mínimo esfuerzo en orientarse. En cuanto se hartaba de la visita, o si quería llegar antes a la siguiente escultura, hacía su propio camino y santas pascuas. Tampoco era el único. La técnica se había extendido como la pólvora y no había ya guía que no destrozase algo de vegetación mientras acompañaba a los turistas.

Al principio, el concilio de la ciudad reparaba los destrozos cada semana, pero no podían mantener el ritmo. Comenzaron a despachar jardineros dos veces a la semana, luego tres, después diariamente. Acabaron por darse por vencidos. El Gran Laberinto fue siendo cada vez menos verde y cada vez menos laberinto. Los caminos se desdibujaban y fusionaban, convergiendo en auténticas avenidas de tierra comunicando los puntos de interés.

Años más tarde, en la oficina de turismo comenzarían a explicar a quien preguntase que sí, la Gran Plaza era donde antes se alzaba frondoso el Gran Laberinto. Fíjense que solía ser necesario adentrarse con guía, incluso; pero hoy en día, claro, la práctica resulta ridícula. Es imposible perderse en ese solar despejado.